Los españoles que vivieron la ciudad internacional

«Puedo describir Tánger en una sola palabra: convivencia». Así recuerda José García la juventud que vivió en Tánger. Sus padres, como muchos otros españoles, se vieron obligados a huir del país tras la Guerra Civil por la naturaleza del régimen franquista, y buscaron amparo en Tánger, la ciudad internacional. Allí convergían cristianos, judíos, musulmanes e incluso hindúes, de nacionalidades tan diversas como la española, la italiana, la francesa y la portuguesa. Con el fin de la segunda guerra mundial, Tánger también se volvió el refugio de muchos centroeuropeos.

Aquellos que pasaron sus primeros años de vida en la cuidad internacional que fue Tánger durante la primera mitad del sigo XX lo recuerdan como una época muy feliz. La mezcla de culturas se volvió el estándar en la cuidad. Los habitantes aprendieron a convivir bebiendo de tradiciones y estilos de vida radicalmente distintos a aquellos que hubiesen podido vivir si sus familias no hubiesen terminado de una forma u otra en Tánger. Entre los propios tangerinos tienen un dicho que reafirma la particular experiencia que supuso la interculturalidad, “los tangerinos somos una especie en extinción”.

Era común para los habitantes de la ciudad sumergirse en todas las festividades posibles e intercambiar productos culturales. Según Jorge Ponce, tangerino de segunda generación, «cuando había una fiesta judía se metían los cristianos, […] no había distinción de ninguna clase». Afirma que Tánger se encontraba muy adelantada a la España de la época; mujeres en bikini, casinos… «nadie se asustaba».

Los españoles que no pasaron su infancia allí, sino que tuvieron que emigrar a una edad más madura, rápidamente crearon una gran comunidad española, con familias que tendían a ser muy grandes y se mantenían muy unidas para ayudarse entre miembros. Esto les permitía llevar a cabo la vida estándar española, pero con la libertad y la multiculturalidad tangerina. Fundaron colegios, institutos y hospitales que seguían el sistema español. Aún así, por la naturaleza del lugar, se daba mucha importancia a los idiomas en el colegio. Gracias a esto y a las relaciones interculturales, los tangerinos de origen español dominan idiomas como el francés, el inglés o el árabe con una fluidez admirable.

Quienes lo vivieron lo recuerdan como una época de prosperidad. Era una cultura del trabajo, donde la prioridad era terminar los estudios lo antes posible para trabajar cuanto antes y poder aportar económicamente a la familia en el menor tiempo posible. Aún así, Tánger contaba con una ventaja muy clara en cuanto a economía se refiere, y es que era un puerto franco. Llegaban productos muy exclusivos como podían ser las mallas de nylon, algunos productos de cosmética o los bolígrafos, que se conocían entonces como plumas atómicas. Estos productos no se encontraban en España y a pesar de que eran importados de manera legal, era común que entrasen en la península como contrabando. Los precios en Tánger, en general, no eran elevados y no faltaba el trabajo.

Tras la independencia de Marruecos

La situación de Tánger empezó a cambiar a partir de 1956. Con la independencia de Marruecos, se puso fin al régimen internacional y el poder pasó a manos de marroquíes, dificultando así la vida cotidiana a los extranjeros. Aquellos españoles que habían nacido allí consideraban Tánger su hogar y procuraron prolongar su estancia, pero no les fue fácil. Los marroquíes comenzaron a discriminar a los extranjeros, les agredían y les insultaban. Saqueaban sus comercios y reclamaban su tierra. Esto obligó a muchos españoles a abandonar la cuidad. «Fue muy doloroso, yo me sentía española pero mi tierra era Tánger», recuerda Concepción. 

La vuelta a España no fue fácil. A pesar de no encontrar muchas diferencias culturales, recuerdan España como un lugar triste y gris en comparación con Tánger, y tuvieron que adaptarse a la vida en la gran ciudad. No todos pudieron volver directamente a España, Jorge y su familia tuvieron que partir a Israel. “El consulado español nos pagaba el viaje a lo sumo, pero en Israel necesitaban gente, la agencia de inmigración judía ofrecía estudios gratis y garantizaban trabajo y vivienda».

Muchos de ellos volvieron a Tánger, a veces por nostalgia, a veces por trabajo. Josefa Estévez pasó allí su juventud y conoció a su marido, que tuvo que volver durante una temporada por trabajo. «Sentía miedo todo el rato, a veces tenía que esconderme en los portales, no se podía vivir.» 

A pesar de todo, los españoles de la cuidad internacional se sienten unos privilegiados de haber crecido en un entorno así. «Lo mejor que yo me he traído de Tánger es la tolerancia», asegura Concepción. Y es que, al contrario que los Tangerinos, no todo el mundo tiene la oportunidad de convivir con gente de entornos tan diversos. Por eso, lo recuerdan como una época feliz, alegre y bonita de su vida.

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